> Letras Itinerantes

sábado, 27 de noviembre de 2021

(120) Jaime Orlando Guevara

 



Una noche menos

Supe que la noche llegaba a su fin. Los fantasmas cansados de ambular, empezaban a adormecerse.

 

La casa de Amalia

La casa de Amalia no tiene puertas, ni ventanas, en su lugar, una cortina de plantas trepadoras cubre la fachada de un verde oscuro. Para entrar a esta casa, se escala un largo muro con ladrillos que sobresalen como prensas de agarre. Una vez se llega a la cima de la torre, se desciende a su interior en caída libre.

   Amalia siempre está allí abajo. A la espera de los visitantes, que tras largas horas en silencio deciden lanzarse. Una capa de agua verde, fría y sin fondo cubre el interior. Un verde que se confunde con los cuerpos hinchados que danzan en su cuarto.

 

Inmunes

Los humanos se contagiaron del virus. Los médicos terminaron por abrir las gargantas para alimentarlos y las costureras se encargaron de sellar las bocas.

    Ahora son inmunes al virus. Solo los que se resistieron al cambio siguen vulnerables; por lo demás, la vida en la tierra es muy tranquila.

   Todos pasan con sus bocas cosidas y sus gargantas perforadas sin que nadie hable mal de sus semejantes.

 

Lo que se hereda no se hurta

Tiene los ojos del dueño de la hacienda; la nariz del capataz; la boca de Horacio, el jardinero; las orejas de Samir, el mozo de cuadra; su pelo es crespo como el del conductor.

   Cada vez que me preguntan quién es su verdadero padre, mi templanza se hace evidente y les respondo: " lo que se hereda no se hurta", y los miro fijamente como si la mirada esculcara sus bolsillos. Ellos apenas echan un ojo al crío con indiferencia. Cobardes, estiran la mano con el puño cerrado.

   Así contribuyen con la cuota alimentaria.

 

Universos paralelos

Se acercó un anciano justo en la parada de la avenida Roswell y me pidió la hora. Revisé mi reloj, extrañamente las manecillas giraban sin control, me fue imposible dar con un tiempo exacto. Quise explicarle al anciano, pero este ya no estaba allí, alguien me tomó del brazo y me ayudó a cruzar la avenida. Cuando estaba del otro lado de la calle me dijo:

   -Señor, señor, son las siete menos quince.

   Yo asentí, di las gracias y seguí caminando con mi bastón. Mi reloj funcionaba normal.

 

El regreso del Guardagujas

Murmuran que hay un fantasma cerca a la estación de la Valvanera. Viene en el mismo tren que se lo llevó cuando intentaba cambiar la ruta y la palanca cayó sobre su pierna. Quedó con el cuerpo tendido sobre los rieles sin poder escapar y la máquina avanzó hasta masticarlo con el hierro encima.

   Dicen que escuchan un grito aterrador cuando la locomotora hace sonar sus cornetas, pero yo no escucho nada. Intento mover la palanca, pero trastabillo con los rieles y el tren avanza.

 

Disección

Al momento de su captura llegaron de todas partes del reino para presenciar la disección. El lobo reposaba placido su banquete en las horas postreras del día; cuando, inadvertido, fue apuñalado su vientre de donde sacaron un andrajo rojo, un gorro de anciana, pezuñas de cerdo y una piel de cordero. Lo vaciaron todo y cosieron de nuevo dejándolo a su suerte.

   Desde entonces, el lobo procura cazar aquello que no aparece ni en fabulas, ni en cuentos.


EL AUTOR

Orlando Guevara Roncancio (Villapinzon - Cundinamarca 1987) Docente egresado de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Magister en creación literaria de la Universidad Central, escritor y promotor cultural. Centrado en la escritura de minificciones. Ha realizado publicaciones comunitarias con grupos de escritura de Idartes 2019.